Algunos retos de la gestión cultural en tiempos de la revolución tecnológica

Liliana López Borbón*

“Las ciudades deben ser un ámbito de realización de todos los derechos humanos y libertades fundamentales, asegurando la dignidad y el bienestar colectivo de todas las personas, en condiciones de igualdad, equidad y justicia, así como el pleno respeto a la producción social del hábitat. Todas las personas tienen el derecho de encontrar en la ciudad las condiciones necesarias para su realización política, económica, cultural, social, ecológica, asumiendo el deber de la solidaridad.”

Carta Mundial de Derecho a la Ciudad, 2004.

letra_Una de las transformaciones centrales de las últimas décadas es la emergencia de un mundo eminentemente urbano, a partir de 2008 más de la mitad de la población mundial vive en ciudades[1]. Este protagonismo se debe tanto a la importancia de los mundos de confort que en ella se realizan de manera desigual y asimétrica, como a la concentración de bienes y servicios, la calidad tecnológico instrumental requerida para la conectividad global, las oportunidades de estudio y de trabajo, el acceso a variadas mercancías y la diversidad cultural que en ella se concentra.

Las dinámicas de la globalización hegemónica iniciada después de la caída del muro con la entrega de tecnologías como el internet y la televisión satelital modificaron de manera radical las formas de comunicarnos y de comprender el mundo, el territorio y el tiempo. Esta primera ola, dio lugar a lo que se conoció como Ciudades Globales[2], que emergieron como protagonistas de formas intensificadas de relacionamiento económico, político, social y cultural, reestructurando el poder y su ejercicio.

Múltiples preocupaciones se desataron con la reconfiguración de las lógicas que significó el primer proceso globalizador. Por una parte, se anunció el fin de la historia[3], en relación con la desaparición de las ideologías contrarias a la democracia y su asimilación al modelo de libre mercado. Por otro, Los Globales, empresarios, funcionarios y académicos con alta movilidad, empezaron a documentar el advenimiento de una hipermodernidad donde todos lograríamos El Progreso: esa mezcla de ideales occidentales fraguados entre la Francia de la Revolución, el sueño americano, el éxito de los dragones orientales encabezados por un Japón que había superado la posguerra de la bomba atómica y la aparición de nuevas formas de producción y circulación global de mercancías: el posfordismo.

Entre estas dos voces, otra disonante vibraría con fuerza desestabilizadora, cuando en Seattle (1999) se realizó la primera marcha de la globalización contrahegemónica[4], o lo que en su momento los medios de comunicación llamaron los globalifóbicos, y tuvo lugar la primera gran represión policial sobre las formas inéditas del reclamo, la organización de las demandas políticas y la reconfiguración del poder de los ciudadanos.

Desde Seattle hasta Los Indignados en España, Ocuppy Wall Street, YoSoy132, hasta la Revolución de las sombrillas en Hong Kong, la búsqueda de una globalización abajo – arriba o de unas dinámicas más horizontales en las posibilidades de decisión de los ciudadanos estructuran una de las agendas más complejas de la Revolución Tecnológica.

Las ciudades se convierten en los territorios donde la contradicción se estructura de manera radical: la ciudad neoliberal se ve afectada por la ciudad de los derechos.

En la primera, funcionarios y empresarios entregan al capital los centros históricos para convertirlos en parques temáticos. Tecnócratas gentrifican barrios tradicionales expulsando los habitantes para atraer los ‘ciudadanos creativos’. La ciudad del automóvil y la plusvalía del suelo se maximizan. Los márgenes crecen en la desigualdad y la desesperanza.

La ciudad de los derechos va configurando espacios sin hidrocarburos en el rodar de la bicis,  construye hábitat social con propios y avencidados. Genera espacios para el encuentro, el diálogo, la búsqueda de alternativas. Se siembran techos y la ciudad se ruraliza. Se da cabida a los diferentes con leyes y con prácticas, con ejercicios ciudadanos y con nuevas estéticas, búsquedas de aprendizajes del ejercicio de la diferencia.

Las ciudades latinoamericanas no enfrentan las problemáticas de los migrantes extranjeros y ese miedo que palpita en el concepto de multiculturalidad. Somos diferentes por clases sociales, por la distancias de los lugares donde transcurre la vida a los lugares donde puede ser transformada, por accesos a nuestra propia cultura y a otras culturas.

El acceso sostenido a contenidos homogéneos y homogeneizadores que circulan por los medios de comunicación pauperizan los mundos simbólicos, los constriñen.

Pero ampliar repertorios y constituir espacios y tiempos para el diálogo de las diferencias no es ‘difundir’ lo que algunos llaman ‘arte’ o ‘cultura’ para que ‘otros’ aprendan.

Significa reconocer el potencial creativo que cada ciudadano tiene y construir espacios para su emergencia, dotándolos de las posibilidades expresivas, de los lenguajes, los medios y los circuitos para que ese potencial emerja y permita construir nuevas estrategias para la habitabilidad y la solidaridad.

Tal vez ese sea el mayor reto de la gestión cultural local en tiempos de revolución tecnológica.


*Consultora en construcción de ciudadanía, políticas culturales públicas, desarrollo institucional y responsabilidad social empresarial.
[1]Banco Mundial, Datos y cifras http://www.bancomundial.org/temas/cities/datos.htm (Última visita 16/06/2015).
[2]Saskia Sassen  (1991) La ciudad global: Nueva York, Londres, Tokio, Princenton University Press
[3]Ver Francis Fukuyama (1992) El fin de la historia y el último hombre, Free press.
[4]Sobre el término globlización contrahegemónica ver Boaventura de Sousa Santos.
Para más información sobre el tema te recomendamos el siguiente trabajo:
http://www.academia.edu/1970335/_El_espacio_p%C3%BAblico_como_pol%C3%ADtica_cultural_

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