Diana Lara Espinosa

Maestra en Derecho Constitucional e Investigadora en derechos humanos

letra_Diariamente, las mujeres de todo el mundo salen a la calle sabiendo que, en contra de su voluntad, para llegar a su destino tendrán que escuchar –casi siempre, de personas desconocidas– por lo menos un supuesto “piropo”; una opinión sobre su cara, su cuerpo, su cabello, o su forma de vestir o caminar; una alusión sexual o una ofensa relacionada con su sexualidad; y/o sufrir un acto de abuso sexual[1], como un tocamiento o la exhibición de un acto sexual que no desean. Es decir, serán arbitrariamente sometidas a “acoso callejero”.

Como las demás formas de violencia contra las mujeres, el acoso callejero se origina y perpetúa en comunidades que las conciben como objetos, es decir, que validan que se les brinde un trato indigno; permitiendo y promoviendo que los hombres se asuman con derecho a apropiarse de ellas, opinar sobre sus cuerpos sin su consentimiento, controlar sus derechos reproductivos y su desarrollo personal y profesional e, incluso, violarlas y matarlas.

Hablamos de expresiones de abuso de poder basadas en la errónea concepción de supremacía de los hombres sobre las mujeres, que las cosifican, esto es, las convierten en objetos, violando su derecho a la igualdad.

Las acciones conocidas como acoso callejero son realizadas en espacios públicos y sin consentimiento de la víctima, generalmente de hombres a mujeres, y van desde las miradas lascivas y los comentarios o silbidos, hasta el exhibicionismo y/o los tocamientos.

Es decir, incluyen tanto decirles “bonita” en la calle, que implica opinar sobre el cuerpo de la mujer sin su consentimiento, hasta un tocamiento no autorizado o la exhibición de actos sexuales sin que lo desee. En otras palabras, es acoso callejero toda opinión no solicitada ni consentida sobre el cuerpo o la sexualidad de una persona (por inocua que le parezca a quien la emite), y todo tocamiento o exhibición sexual que no desee y autorice; pues son acciones invasivas contrarias a la dignidad.

Se trata –como vemos– de actos cotidianos que violan la intimidad, el libre desarrollo psicosexual, la libertad de tránsito, la integridad psíquica, la seguridad y la dignidad de las víctimas; y que han sido históricamente tolerados y –por tanto– fomentados por la sociedad y el Estado, que poco o nada hacen para evitarlos, investigarlos, sancionarlos y erradicarlos.

Estas prácticas, tan comunes que no percibimos su nivel de agresividad, generan sufrimiento psicológico, ofenden y humillan a las mujeres por el hecho de ser mujeres, denigran su sexualidad, y violentan su libre desarrollo psicosexual; conduciéndolas a depresión, devaluación de la autoestima y miedo. Por ello, son actos de violencia contra las mujeres, prohibidos por la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer, “Convención de Belém do Pará” (de carácter internacional), y por la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia (que rige en todo el país).

Es indispensable y urgente transformar a la sociedad para que deje de tolerar las agresiones a las mujeres y, para ello, debemos comprender y transmitir que todas y todos tenemos derecho a la intimidad, la libertad y la igualdad, y que nadie puede válidamente emitir opiniones no consentidas sobre el cuerpo, la cara, o la forma de vestir o caminar de otra persona, ni tocarla o exhibirse sexualmente frente a ella sin su consentimiento.

Es también indispensable y urgente sumarnos a la indignación de toda persona que sea víctima de cualquier forma de acoso callejero o violencia sexual; ofenderse tanto como ella y participar en la denuncia. Es decir, ser parte de la solución y no del silencio, porque éste tolera y fomenta la agresión.

Salir a caminar no debería ser un peligro sino el ejercicio placentero y pleno de nuestra libertad. Recordemos siempre que mujeres y hombres tienen el derecho de transitar sin sufrir acoso. Y, mientras el Estado actúa, cambiemos la cultura. Iniciemos por un cambio personal simple, sencillo y gratuito: no acosemos.

Cabe anotar que en el Estado de México el abuso sexual incluye la ejecución de actos eróticos o sexuales en personas que no pueden resistirlo (art. 270 Código Penal del Estado de México).

[1] El abuso sexual es distinto a la violación, aunque ambos son delitos contra la libertad y la seguridad sexuales, y el normal desarrollo psicosexual.
El Código Penal para el Distrito Federal define el abuso sexual como la acción de ejecutar un acto sexual en una persona que no puede comprender el hecho o resistirlo, o no otorga su consentimiento para ello, u obligarla a observarlo o hacerla ejecutarlo (art. 176); y, a la violación, como la realización de cópula (introducción del pene o, por equiparación, cualquier otra parte del cuerpo, o elemento o instrumento, por vía vaginal, anal o bucal), con cualquier persona en contra de su voluntad, es decir, por medio de violencia física o psíquica (art. 174), o con personas que no puedan resistir el hecho o comprender su significado (art. 175).
Cabe anotar que en el Estado de México el abuso sexual incluye la ejecución de actos eróticos o sexuales en personas que no pueden resistirlo (art. 270 Código Penal del Estado de México).

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